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Vencer la recesión y proteger el mundo

Lord Stern of Brentford

Profesor Nicholas Stern, IG Patel Chair and Director, LSE Asia Research Centre; EOPP Associate (04/11/2008)

Hay dos lecciones fundamentales que debemos aprender de las turbulencias financieras que el mundo ha estado experimentando. En primer lugar, esta crisis viene gestándose desde hace 20 años y muestra muy claramente que cuanto más tiempo se olvida el riesgo, más grandes serán las consecuencias; en segundo lugar, nos enfrentaremos a un largo período de recesión en los países ricos y de bajo crecimiento en el mundo en su conjunto.

Aprendamos las lecciones y aprovechemos la oportunidad de la coincidencia de la crisis y de la creciente concienciación del gran peligro de no gestionar el cambio climático; ahora es el momento de sentar las bases para un mundo de bajas emisiones de carbono. Este momento es de especial importancia, no sólo por la oportunidad que aporta, sino también porque nos encontramos a la mitad de los dos años transcurridos desde Bali, donde se iniciaron las negociaciones, hasta Copenhague que albergará la crucial reunión de la CMNUCC al final del próximo año, cuando el mundo deberá construir y acordar un pacto global sobre cambio climático que sustituya el acuerdo de Kioto.

Si las cosas siguen igual, a mediados de siglo el alto crecimiento de emisiones de carbono habrá llevado las concentraciones de gases de efecto invernadero a un punto en el que un gran desastre climático será muy probable. Corremos el riesgo de una transformación del planeta tan radical que implicaría desplazamientos masivos de población y conflictos generalizados; dicho de una manera más prosaica, el alto crecimiento del carbono ahogaría el crecimiento. A fin de gestionar el clima de forma razonable, debemos reducir las emisiones mundiales por lo menos en un 50 por ciento para el año 2050, tal como se reconoció en la cumbre del G8 en Japón este año. Habida cuenta de que las emisiones de los países ricos están muy por encima de la media mundial, sus recortes deben ser al menos de un 80 por ciento, tal como se reconoce claramente en Europa y en el Reino Unido con la adopción gubernamental de ese objetivo la semana pasada.

No sabemos cuánto durará la recesión en la que ya hemos entrado, pero es poco probable que sea corta. Se están poniendo en marcha las políticas pertinentes para evitar que nos sumamos aún más en una crisis y para empezar a construir un sistema financiero más sólido. Sin embargo, en tanto que los bancos reconstruyen los balances y buscan mayores ratios de capital, tendrán que restringir los préstamos. Es poco probable que la política monetaria por sí sola, pese a su importancia, nos saque de la recesión en un futuro próximo: la política fiscal para ampliar la demanda debe desempeñar un importante papel. Sin embargo, cualquier aumento del gasto público debe centrarse no sólo en impulsar la demanda a corto plazo. Tenemos que promover un crecimiento que pueda ser sostenido.

El próximo período de crecimiento deberá basarse firmemente en infraestructuras que generen bajas emisiones de carbono y en inversiones que no sólo sean rentables, con las políticas adecuadas, sino que también permitan una economía y una sociedad más seguras, más limpias y más tranquilas. Y si, como es nuestro deber, detenemos la deforestación, fuente del 20 por ciento de las emisiones de gases de efecto invernadero, al mismo tiempo también podremos proteger y mejorar nuestros sistemas de biodiversidad y de agua. La Agencia Internacional de Energía calcula que, previsiblemente, la media de las inversiones mundiales en infraestructuras energéticas será alrededor de $1 trillón al año durante los próximos 20 años. Si la mayoría de estas infraestructuras producen bajas emisiones de carbono y se adelantan algunas de ellas, será una excelente fuente de demanda de inversiones. También lo serán las inversiones en la eficiencia energética, muchas de las cuales pueden ser intensivas en mano de obra y están disponibles de inmediato.

Está claro que se puede organizar un programa que aumente la demanda a corto plazo y augure un crecimiento eficiente, fuerte y sostenible a medio plazo. El programa debe ser cuidadosamente estructurado y tanto el sector público como el privado debe participar en su elaboración. El sector privado será el que haga la mayoría de las inversiones, pero el sector público debe determinar los incentivos y el clima de inversión que permita que la inversión tenga lugar. Eso significa trabajar con la UE y con la CMNUCC en Copenhague para sostener un precio para el carbono, mediante el uso del comercio de carbono y de los impuestos. Esto significa la regulación, por ejemplo, de las emisiones de los automóviles para dar señales claras que permitan economías de escala y reducir la incertidumbre.

No se trata, sin embargo, sólo de la motivación correcta para el sector privado y de la escala adecuada y la estructura del gasto público. El clima de inversión debe ser adecuado también. Podría haber un límite temporal claro a las decisiones de planificación y una estrategia energética nacional que informe las decisiones. Deberíamos tener una actitud muy abierta hacia la tecnología y dejar que los mercados decidan qué elegir, sin poner obstáculos en el camino que pudieran surgir a raíz de una antipatía hacia una tecnología en particular. La demostración de captura y almacenamiento de carbono para el carbón y el gas a escala comercial en la generación de electricidad debe ser una prioridad especial, habida cuenta de la probable preponderancia del carbón en el futuro crecimiento de muchos países. La reforma de la estructura de la red eléctrica será necesaria para permitir decisiones descentralizadas y locales sobre la generación, tales como la eólica, la solar y la producción combinada de calor y electricidad. Y la estrategia energética debe tener en cuenta factores tales como la seguridad energética y la demanda máxima del suministro. Con políticas racionales todo esto es posible, en consonancia con tecnologías bajas en carbono.

Los próximos años presentan una gran oportunidad para sentar las bases de una nueva forma de crecimiento que pueda transformar nuestras economías y sociedades. Salgamos de esta recesión de una manera que reduzca los riesgos para nuestro planeta y desencadene una ola de nuevas inversiones que creen una economía más segura, más limpia y más atractiva para todos nosotros. Y al hacerlo, vamos a demostrar a todos, en particular al mundo en desarrollo, que el crecimiento bajo en carbono no sólo es posible, sino que también puede ser una vía productiva y eficiente para superar la pobreza en el mundo.




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